(Sin fines de lucro)

viernes, 29 de septiembre de 2017

Brasil intenta impulsar su economía, pese a crisis política

El país apenas resurgió de su peor recesión; hay unos 14 millones de brasileños de desempleados. Atraviesa una serie de enormes escándalos de corrupción; el Departamento de Justicia norteamericano describió el caso que rodea a Odebrecht, la constructora que llegó a ser la más grande de Latinoamérica, como la trama extranjera de coimas más grande del mundo. 

Sin embargo, es en el ámbito político donde quizás más se siente la crisis. Una tercera parte de los miembros del Congreso está siendo investigada por aportes de campaña ilegales. El año pasado, la presidente Dilma Rousseff fue destituida por medio de un juicio político. Es bastante posible que Michel Temer, su sucesor, enfrente el mismo destino antes de que termine su mandato en 2018.

Los escándalos de corrupción en torno a la presidencia de Temer comprometen la agenda de reformas que empezó a sacar a la economía de abismo. Sin embargo, las consecuencias políticas todavía pueden terminar siendo mayores. El año pasado, la confianza de los brasileños en la democracia retrocedió 22 puntos a 32%, según Latinobarómetro, una organización de investigaciones con sede en Chile. Dado el casi total descrédito de la clase política de Brasil, sería extraño que el pueblo no pierda aún más confianza en la democracia.

Como resultado, nadie tiene idea quién podría ganar las elecciones presidenciales de octubre de 2018 y conducir el país hacia la recuperación. (Temer repitió varias veces que no será candidato). Nada de esta incertidumbre es positivo para la inversión en infraestructura, que es inherentemente a largo plazo.

"Si se mantiene la dirección económica, la consolidación de la reforma económica es algo bueno", dijo Arminio Fraga, el respetado ex presidente del banco central. "Pero puede suceder lo contrario un giro hacia el populismo. Entonces todo se empantanará", aseguró en el diario Folha de S.Paulo durante una reciente entrevista.

La posibilidad de un giro hacia el populismo es suficientemente real. Las encuestas indican que Luiz Inácio Lula da Silva, el dos veces ex presidente y en algún momento populista, es el que tiene mayor intención de voto entre los posibles candidatos, con 30%. Algunos de sus socios más cercanos están en prisión o sometidos a investigaciones; Lula mismo fue condenado por corrupción, un fallo que si es confirmado por el tribunal de apelaciones implicará que no podrá presentarse en las elecciones. También tiene el mayor índice de rechazo, cercano a 46%. Eso significa que le costará mucho ganar en una segunda vuelta electoral si ningún candidato reúne el 50% de los votos, que es lo que probablemente suceda.

Del otro lado del espectro político, otro proto-populista es Jair Bolsonaro, legislador y ex capitán del ejército. Pese a sus opiniones extremas como su visión contra los homosexuales, la tortura a los izquierdistas y su infame comentario de 2014 hacia una legisladora colega cuando le dijo que "nunca te violaría porque no te lo mereces" Bolsonaro se ubica en segundo o tercer lugar en muchas encuestas, con cerca del 18%. En tiempos normales, un candidato así no podría ganar nunca en un país famoso por su pragmatismo no confrontativo. Pero tal como demostró la victoria electoral de Donald Trump, éstos no son tiempos normales. Sin embargo, si bien el apoyo a Bolsonaro está creciendo en los sondeos, tiene elevadas tasas de rechazo. Al igual que con Lula, eso implica que tendrá que participar de una segunda vuelta electoral.

¿Y entonces qué pasa con los centristas, con gente del tipo de Emmanuel Macron? Una posibilidad es Marina Silva, la ambientalista que ya compitió dos veces por la presidencia. No hay que descartarla, pero su intención de voto está bajando, tiene problemas de salud y su partido Rede tiene una mala organización.

Otra posibilidad es João Doria, el ex genio del marketing y actual alcalde de San Pablo que toma como modelo a seguir a Michael Bloomberg, que mantuvo su cargo en Nueva York durante 12 años. Pero Doria, está aliado al partido de centro PSDB, es poco conocido fuera de San Pablo un gran inconveniente en un país tan grande como Brasil. Durante una recorrida fuera de su base natal, le arrojaron huevos: otra señal del enojo de la gente y la polarización que hay en el país.

Esa incertidumbre es negativa para la inversión en infraestructura. Pero hay también buenas razones para pensar que podría no llegar el tan temido peor momento. Una es que el potencial candidato más popular en las encuestas es "No sabe", con 48%. Eso significa que todavía están abiertas todas las opciones para las elecciones.

La segunda es la constante y prolongada caída de las tasas de interés reales en Brasil, que son una medida del riesgo. A fines de los noventa, las tasas de interés reales la tasa nominal menos inflación se mantenían en 20% o más. Ahora rondan el 7% y están bajando. Ese descenso, que al menos se debe en parte a una mejor política económica, tiene importantes implicancias sociales: las menores tasas indican que el gobierno paga menos para el servicio de su deuda y tiene más dinero para otros fines.

Por supuesto, no hay garantía de que las tasas reales sigan bajando. Durante la presidencia de Rousseff, las políticas económicas populistas llevaron a que subieran. Pero luego, las malas políticas fueron una razón por la que ella fue destituida. También en parte explica porqué su administración sufrió tal enojo de la gente. Eso sugiere que el populismo quizás tampoco regrese.

Un tercer factor es la extraordinaria muestra de fortaleza que demostró tener la infraestructura institucional de Brasil en los últimos tres años durante los cuales un poder judicial admirablemente independiente montó una purga sin igual de políticos y empresarios corruptos. Ese cambio verdaderamente revolucionario es un ejemplo de cómo lidiar con la corrupción en gran parte del mundo emergente: ningún otro país del grupo de Bric compuesto por Brasil, Rusia, India y China se le acerca.

Por supuesto, tampoco no hay garantía de que este ataque a la impunidad legal se sostenga. Tanto Lula como Temer aseguran que tiene motivos políticos. Además, cualquiera sea el próximo presidente tendrá que gobernar con un congreso aún mayormente recalcitrante que funciona con muchas de las viejas reglas del juego. Sin embargo, el respaldo popular al esfuerzo anticorrupción sigue siendo enorme. Eso sugiere que podría perdurar.

Es quizás por esas tendencias de largo plazo que los inversores extranjeros todavía se arriesgan en Brasil. Pese a toda la incertidumbre, la inversión extranjera creció a cerca de u$s 80.000 millones este año, más que en 2016 y dos veces los niveles de fines de la década de 2000, cuando la economía estaba a toda marcha. Esos impresionantes flujos probablemente sean el resultado de duros cálculos. O los inversores de repente sucumbieron a una dosis de optimismo del tamaño de Brasil, otra antigua característica de la famosa gran amplitud que tiene el país.