(Sin fines de lucro)

miércoles, 30 de octubre de 2019

Se va otra Argentina que no fue, que nunca lo fue

El drama argentino –no dicen el de la Argentina– es tema de estudio principal en los más famosos centros académicos del mundo, de cómo un “futuro brillante” se ha transformado en una “tragedia permanente” desde casi principios del siglo XX cuando se la pintaba a nuestro muy querido vecino como la niña bonita con un futuro radiante: “Es la Canadá, Australia y Nueva Zelanda de América Latina y el Caribe (ALC) y competirá con ellas”, se dijo muchas veces a nivel internacional con una convicción y certeza envidiables. 

El largo tiempo pasó y nada fue de lo que se pronosticaba, esperaba y quería. Pocos países fueron tan amados en el mundo como la Argentina “europea” cuna de nacionalidades ricas que vieron en ella el hogar perfecto. ¿Qué pasó con los argentinos?

En realidad, nadie lo sabe con absoluta seguridad pese a los impresionantes estudios de investigación. No hay una respuesta sola. En muchos casos se explica pero no se justifica. Pudo ser, debió ser, queríamos y necesitábamos que fuera el país hermano del “Primer Mundo”. Siempre he dicho y escrito que hay dos Paraguay, el nacional en nuestro territorio, y el nacional en Argentina. 
Siempre miramos al sur, siempre nos refugiamos en el sur, siempre ese sur nos abrió las puertas de su casa, para millones de compatriotas en todas las etapas de nuestra historia, en especial, en las más –muchas– malas que hemos tenido.

La Guerra del Chaco no la hubiéramos ganado sin la complicidad favorable de los argentinos. Es un hecho, está escrito, lo saben los bolivianos, lo confirman los expertos internacionales. ¿En dónde encontró salvación, refugio y hogar el casi 40% de nuestra población que huyó desesperadamente desde la cruel guerra civil de 1947 con la continuidad de la brutal dictadura estronista que en 1959 pateó a la gente que pensaba diferente como animales? En Argentina vive el otro Paraguay, nos dio vida cuando la perdíamos, lo digo y reafirmo. 

Incluyendo a mi familia. No puedo hablar mal de los argentinos, mis familiares argentinos, mucho menos acariciar siquiera algo de odio. Pero sí siento enorme frustración, decepción, amargura, tristeza, lástima y miedo.

Macri llegó porque lo de Cristina fue un fracaso, muy maquillado, para que explotara posteriormente, pero un fracaso. Era tanto el subsidio a los pobres que no había necesidad de trabajar. Aníbal y Cristina vuelven porque Macri fracasó rotundamente. 

En Argentina todos llegan después del fracaso del que se fue, y que se van dejando el fracaso como herencia natural. Hoy, según datos que me hicieron llegar, prácticamente la mitad de la población argentina vive del Estado, directa e indirectamente. Si de no trabajar se trata, pues aleluya. ¿Pero quién lo paga? El Estado argentino no es rico como el noruego. El dinero fácil es simple de crear y regalar, pero siempre termina enfermando a todos. ¿Repetirá el kirchnerismo de Alberto los horribles errores de sus gobiernos de ayer? Es la pregunta clave hoy y mañana. De no repetirlos, hay puntos a favor.

Pero la crisis argentina es global, no sólo económica. Salir del pozo costará, dolerá y llevará su tiempo. ¿Con lo mismo de antes? Adelantamos otro fracaso, en un escenario internacional delicado. Una señal: son más los argentinos que quieren venir a Paraguay que los que quieren volver. Hay algo que aún les salva a los argentinos: su democracia. No es poca cosa. Mi humilde y respetuoso consejo: los argentinos tienen que romper con su pasado y reinventarse. Su pasado los traiciona.

En él perdieron el rumbo. En él se dividieron como enemigos. En él nació y creció la brutal desconfianza del uno contra el otro, de todos contra todos. 

En él está la sangre de querer vivir siempre por encima de la posibilidades reales, de no ahorrar, de gastar ingresos creados artificialmente, que al final fabrica la cédula de identidad de los argentinos: la inflación con devaluación y crisis económica y un odio a su moneda porque esa Argentina en los billetes y las monedas “nos destruyó, no sirve para nadad”. Desconfianza total, pecado original. El dinero no reemplaza la producción. ¡Todo el éxito del mundo queridos hermanos argentinos! ¿Se abre un nuevo fracaso? Espero lo mejor, me preparo para lo peor. Duele decirlo pero hay que decirlo.

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