China, Estados Unidos y el Mercosur

Los países que tienen relaciones económicas sustantivas con China, pero al mismo tiempo se encuentran ideológicamente alineados con los EE. UU. están entre la espada y la pared.

POR CARLOS A. PRIMO BRAGA PROFESOR ASOCIADO DE LA FUNDAÇÃO DOM CABRAL EXDIRECTOR DEL DEPARTAMENTO DE POLÍTICA ECONÓMICA Y DEUDA DEL BANCO MUNDIAL

Las relaciones económicas entre las dos economías más grandes del mundo se han visto afectadas por conflictos comerciales y disputas tecnológicas. Comienza a escribirse un nuevo capítulo en el enfrentamiento bilateral que, a diferencia de la estrategia de la administración Trump desde 2017 -centrada en la economía-, en esta oportunidad podría trascender la arena económica.

En un reciente discurso (23/07), Michael Pompeo, Secretario de Estado estadounidense, caracterizó explícitamente el enfrentamiento bilateral como un choque entre la libertad y la tiranía. Se trata, a todas luces, de un relato que promueve una interpretación de las relaciones internacionales que plantea una nueva Guerra Fría. Hay importantes diferencias entre el conflicto que en su momento tuvo a los EE. UU. y sus aliados, por un lado, y a los países que conformaron el bloque soviético por el otro en la era posguerra de la Segunda Guerra Mundial y el conflicto actual. En el juego de las diferencias, cabe señalar que China hoy en día tiene una economía extremadamente integrada con la economía global, algo que nunca ocurrió con la URSS. Asimismo, el bloque soviético estuvo lejos de tener el peso en la economía mundial que tiene aquel país asiático hoy.

Sin embargo, la administración Trump ha adoptado una retórica de confrontación en los últimos meses. Esta estrategia consiste en lo siguiente:

(1) una evaluación según la cual la política de compromiso -que, irónicamente, fuera implementada por otra administración republicana, la de Richard M. Nixon, allá por la década de 1970- fracasó. El compromiso de participación se basó en la hipótesis de que era arriesgado mantener a China aislada de la “familia de naciones” y que el restablecimiento de las relaciones económicas y diplomáticas allanaría el camino para la implementación de cambios positivos en el régimen chino. La administración Trump ha expresado una visión según la cual la teoría de que la inclusión de China en organismos multilaterales -como por ej. la Organización Mundial del Comercio- y la profundización de la interdependencia económica entre China y Occidente sería suficiente para transformarla en un socio benigno y confiable, no ha funcionado en la práctica;

(2) la redefinición de la estrategia de defensa estadounidense con el objetivo de priorizar el enfrentamiento geopolítico a nivel de dos superpotencias por sobre la lucha contra el terrorismo internacional. Esta nueva prioridad es la piedra basal de la tesis que sostiene que la dicotomía capitalismo vs. socialismo con características chinas será el eje alrededor del cual girarán las relaciones internacionales durante el siglo XXI. La militarización del Mar de China, el uso de la Belt and Road Initiative como plataforma para la profundización de la influencia geopolítica china, y el creciente poder tecnológico de este país han sido catalogados como dos grandes amenazas a la seguridad estadounidense. Así dadas las cosas, empresas como Huawei, ZTE y Tik Tok se perfilan como potenciales instrumentos de espionaje en la medida en que podrían verse obligadas a cooperar con los servicios de inteligencia chinos, aún a pesar de que éstas ya se encuentran desarrollando actividades en el extranjero;

(3) la percepción de que la ideología del Partido Comunista de China (PCCh) tiene como objetivo final asegurar la hegemonía global de China.

Se cae de maduro que varias de estas premisas son discutibles. Sin embargo, las tensiones observadas durante los últimos meses, apalancadas por el debate sobre los orígenes del Covid-19, no son el mero reflejo de un dispositivo electoral en el marco de la campaña presidencial de los Estados Unidos. Incluso en el caso de una eventual victoria del Partido Demócrata, el próximo gobierno tendrá que lidiar con estos problemas y, en particular, con el futuro político de Hong Kong y el tratamiento de las minorías (por ejemplo, los uigures, una etnia asentada principalmente en la región de Sinkiang). El énfasis puesto en la reciprocidad, la transparencia y la responsabilidad mediante actos de gobierno que infringen los derechos humanos y/o la soberanía de otras naciones debe mantenerse. En un escenario extremo, los países tendrán que estar a favor de EE. UU. o de China en el contexto de este enfrentamiento económico y geopolítico.

Los países que tienen relaciones económicas sustantivas con China, pero al mismo tiempo se encuentran ideológicamente alineados con los EE. UU. están entre la espada y la pared. Aceptar el relato de la administración Trump puede tener implicaciones económicas sustanciales. Los países del Mercosur tienen mucho que ganar en sus relaciones económicas con China, no solo por la exportación de commodities, sino también en materia de inversiones en infraestructura y aprendizaje sobre cómo promover la “industria 4.0”. Pero ignorar el enfrentamiento ideológico basándose en la premisa de que el “imperio” chino renacido tiene un solo objetivo mercantilista, puede también costar muy caro, dado el espíritu “misionero” de los Estados Unidos. Un futuro escenario de détente (distensión), que es un esfuerzo por la convivencia pacífica entre distintos regímenes es imaginable. No obstante, va a pasar un tiempo hasta que eso suceda, es por lo tanto importante evitar alineaciones automáticas y declaraciones inoportunas, enfatizar el papel de la diplomacia y reconocer la sabiduría del proverbio africano: “Cuando dos elefantes se pelean quien más sufre es la hierba que pisan”.

Fuente:https://www.5dias.com.py/opinion/china-estados-unidos-y-el-mercosur

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