Latinoamérica en un zapato chino: ¿podrá pagar su deuda con el gigante asiático?

Tiempos extraordinarios precisan de medidas extraordinarias. Y hay consenso global respecto de que, en casi un siglo, no ha existido otro evento tan catastrófico como la pandemia del COVID-19. En esa línea, la reciente promesa de China de aliviar la carga de la deuda que mantiene con algunos gobiernos fue una moción destacada transversalmente.
Kenia, Maldivas, Etiopía, Camerún, Pakistán, Angola, Laos, Mozambique, Congo y Zambia se encuentran entre los países que mantienen una significativa deuda con China y que fueron señalados como elegibles para el alivio de esta. Ello, como parte de la iniciativa DSSI, que corta temporalmente los pagos de la deuda de 77 países en desarrollo de África y Sur de Asia promovida por el G20, una noticia que surgió en el marco de la Cumbre Extraordinaria China-África de la solidaridad contra el COVID-19, el pasado 17 de junio.

La pregunta lógica sería ¿qué pasa entonces con América Latina y su deuda con Beijing? El continente ha recibido por parte de China cerca de US$ 150.000 millones entre 2005 y 2017, superando los préstamos del Banco Mundial, del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la CAF- Banco de Desarrollo de América Latina hechos en el mismo periodo, especialmente en Argentina, Brasil, Ecuador, Bolivia y Venezuela. Y es evidente que la situación latinoamericana post COVID-19 será –cuando menos– delicada, con el FMI pronosticando para la región de América Latina y el Caribe una contracción del 9,4% de su PIB este año.

Préstamos de alto riesgo

Durante la última década, los préstamos de China en la región alcanzaron su punto máximo en dos ocasiones, 2010 y 2015. “En retrospectiva, China comenzó a ser prestamista de América Latina desde 2005 y, de acuerdo con un estudio de la CEPAL (2018), los bancos chinos han dirigido más de la mitad del monto total de sus préstamos hacia América Latina en infraestructura, casi un tercio a la extracción de hidrocarburos, distribución y generación de energía, y el resto a financiamiento del comercio, apoyo presupuestario y otros proyectos mixtos”, precisa Pamela Aróstica, doctora en Ciencias Políticas de la Freie Universität Berlin y directora de la Red China y América Latina: Enfoques Multidisciplinarios (REDCAEM).

En el último peak de 2015 se observó que los créditos de China a los países de la región alcanzaron US$ 29.000 millones, casi dos veces más que los totales combinados de todos los bancos multilaterales de desarrollo occidentales, incluyendo el Banco Mundial, el BID y la CAF.

Estas cifras son complementadas por la Academia de Ciencias Sociales de China, que sostiene que, hacia fines de 2018, la inversión extranjera directa global de Beijing era de US$ 1,98 billones. “Y de ese monto, US$ 406.000 millones fueron para América Latina, con Brasil, México, Venezuela, Chile, Argentina, Perú y Jamaica como los principales recipientes. No existe información oficial publicada sobre los préstamos”, aclara a AMÉRICAECONOMÍA Yue Yunxia, académica de la institución.

Si bien es difícil comprender completamente la magnitud de la situación, se acepta como un hecho que existe tal deuda, ya sea como dinero que se traspasa a gobiernos, o en forma de proyectos que generan oportunidades a empresas chinas, o préstamos respaldados por petróleo, y es esperable que Beijing pida el pago de todo este dinero, ahora o en el futuro.

“Y es un problema, porque [China] les prestó a estos países en un momento en el que probablemente no debió haberlo hecho; cuando el riesgo era muy alto y era bastante claro que los iba a colocar en una aún más difícil situación financiera”, explica a AMÉRICAECONOMÍA Margaret Myers, directora del programa Asia y América Latina de la Fundación Diálogo Interamericano, con sede en Washington D.C.

Existe además una visión política respecto de estos fondos, porque se suele sostener que China presta el dinero con la intención de apoderarse de recursos naturales o estratégicos en cada país, con miras a ejercer un control que recuerda al viejo fantasma de la dominación mundial de los tiempos de la Guerra Fría, como sostienen desde algunos think tanks de Estados Unidos.

Para Eric Farnsworth, vicepresidente del Council of the Americas (COA), si bien el camino chino hacia esa supremacía global no pasa por América Latina –son mucho más fuertes los intereses chinos en África y Asia, por ejemplo– “pero [el continente] sí es parte de un programa mayor de actividades que Beijing está armando para torcer la gobernanza global hacia sus propios intereses”, aclara. 

“Y si al hacerlo obtiene un sólido retorno financiero en la forma de inversiones, contratos y comercio, entonces ambos motivos pueden resultar complementarios y por ende doblemente atractivos. La clave es recordar siempre que el principal interés de China en América Latina es promover sus intereses, no los intereses latinoamericanos. No existe un particular énfasis, por ejemplo, en un mayor desarrollo económico, asistencia humanitaria, combate a la corrupción ni menos de promoción de la democracia”, agrega el exasesor principal del enviado especial de la Casa Blanca para América Latina en la Administración Clinton.

Explotando esa línea, los políticos estadounidenses más opuestos a China, partiendo por el propio presidente Donald Trump, se refieren a los préstamos de Beijing como una “trampa de la deuda”.

Más conciliadora, Margaret Myers reconoce diversos objetivos detrás de los préstamos. “No siempre son buenos tratos para los países, pero no caben dentro de mi definición de lo que sería la tradicional ‘trampa de la deuda’. Lo que no quiere decir tampoco que sean tratos geniales”.

Yue Yungxia, en tanto, defiende taxativamente el accionar de su gobierno. “Los préstamos de China siguieron las reglas del mercado. Las condiciones de los préstamos se basaron en la negociación de deudores y acreedores”, recalca.

Otro punto importante a destacar, para Myers es que, por un lado, la deuda china no equivale a la gran deuda histórica que arrastran los países latinos con todas las instituciones multilaterales y, por otro, que estas naciones no serán capaces de pagar ninguna de sus deudas en un escenario como el que se prevé para la región, debido a las secuelas económicas que dejará la pandemia.

Infraestructura y petróleo

¿Qué sucede en cada uno de los países latinoamericanos con mayor deuda hacia China y peor desempeño económico actual? Veamos.
Argentina es un mercado importante en el continente para China; es la tercera economía en importancia después de Brasil y México, por tanto, es un destino relevante de sus inversiones, especialmente en sector energético.

“Argentina más bien ha sido destino de inversión de los denominados bancos políticos (el Ex-Im Bank y el China Development Bank). El país, al haber entrado a default en 2001, tuvo enormes dificultades para acceder a financiamiento de bancos occidentales a tasas de interés razonables, y los bancos chinos estuvieron dispuestos a asumir el riesgo, porque prestarle plata a Argentina es asumir un riesgo, por el currículum que tiene como un país que se endeuda y no logra honrar sus deudas”, indica el académico argentino Francisco Urdinez, profesor asistente del Instituto de Ciencia Política (ICP) de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Para el académico, el rol del financiamiento chino fue clave, sobre todo para que durante la administración de Cristina Fernández se pudieran ejecutar algunas obras. Eso sí, a la manera china, con dos tipos de actores trabajando en simultáneo: el banco chino financiando al gobierno, y el gobierno argentino pagando a una empresa estatal china para ejecutar la obra.

“Hoy la deuda argentina más seria es con el crédito de US$ 50.000 millones del FMI” (dinero en parte solicitado por Macri para pagar una deuda con China), dice el también doctor en relaciones internacionales de la USP y King’s College. ¿Qué pasará? “Aquí nadie sabe cómo se va a comportar China como acreedor [...], pero tiene tantos vínculos económicos con los países de América Latina que puede amenazar informalmente o en mesas de negociación con restricciones comerciales, de inversiones y eso sería suficiente para que cualquier gobierno se asuste y busque la forma de pagar. Además, son deudas grandes, pero ninguna es impagable”, recalca Urdinez.

“De acuerdo con los informes oficiales del Banco Central, la deuda externa de Bolivia superaba los US$ 11.267 millones al 31 de diciembre de 2019”, dice al comenzar su explicación Oscar Molina Tejerina, vicerrector nacional de la Universidad Privada Boliviana (UPB). “De ese monto, un poco más de US$ 1.000 millones corresponden a China”.

Molina coincide en que mucha de la deuda china venía también condicionada, como en algún momento lo hizo el FMI, que supeditaba los préstamos a cumplir con indicadores macroeconómicos. Pero “en el caso de los créditos vinculados con China eran las propias empresas chinas las que realizaban inversiones en el país […] y así se logró hacer muchas obras públicas e infraestructura, además de la explotación de recursos naturales”, dice el académico.

Pero Bolivia tuvo en 2019 un dramático cambio de régimen. Y desde la llegada de Jeanine Áñez, la cara opuesta de Evo Morales, el vicerrector de la UPB destaca una “disminución tremenda del relacionamiento con la República Popular China”. Y el gobierno de transición decidió cortar muchos proyectos de infraestructura ya presupuestados, como una forma de financiar la crisis.

Si bien Bolivia posiblemente aumente su deuda global externa a US$ 12.000 o US$ 13.000 millones, para Molina la deuda con China “todavía no es incobrable, debido a su bajo tamaño”. “Pero si la situación se pone mucho más complicada, posiblemente no podamos pagar […] aquí la búsqueda del flujo de corto plazo representa que muchas de las deudas multilaterales y bilaterales deberían ser renegociadas; y eso es un concepto para todos los países latinoamericanos: dadas las condiciones en las cuales nos encontramos [ahora] y nos vamos a encontrar en los próximos años, es muy importante que los servicios de deuda se puedan usar en otros elementos clave”, precisa.

“En Latinoamérica, el antiguo patio trasero de Estados Unidos, está creciendo un jardín chino. Y lo está haciendo, porque mientras Estados Unidos no le prestó atención a la zona por estar tantos años involucrado en guerras en el Oriente Medio, China ha estado invirtiendo y comerciando con la mayoría de los países latinoamericanos”. Así de enfático inicia su alocución Charles Tang, director de la Cámara de Comercio e Industria Brasil China (CCIBC).

El también presidente honorario de la Cámara de Comercio Internacional de Beijing recuerda que hace cinco años, cuando el país estaba sumido en lo peor de la crisis, “China creyó y apostó por Brasil, invirtiendo más de US$ 20.000 millones para ayudar a crear un fondo para infraestructura administrado en partes iguales por ambos gobiernos, porque China no está interesada en apropiarse [del país], está interesada en construir y hacer negocios sobre una base de ganancia y asistencia mutua”, explica desde Río de Janeiro.

Fue en esa época también que China dio a Petrobras un préstamo por US$ 5.000 millones a cambio de envíos de petróleo. La compañía brasileña ha recibido al menos seis préstamos de los “bancos políticos” chinos, desde 2015.

Por otro lado, Tang se apresura en aclarar que “China tampoco es Santa Claus: quiere hacer negocios para sus empresas y también quiere desarrollar alianzas políticas con la mayoría de los países”, afirma. Bajo esa perspectiva, el director de la CCIBC detalla que hoy Brasil ya no tiene que preocuparse, como en el pasado, “por tener que declarar moratoria sobre sus deudas, como [sí pasa con] Argentina”, enfatiza.

Por eso, Tang no cree que Brasil llegue a fallar con Beijing. “Debido al superávit favorable a Brasil, de casi US$ 50.000 millones por año, el país tiene una posición envidiable, un fondo federal de reserva de US$ 350.000 millones, inversiones por US$ 85.000 millones..., así que no veo eso que eso vaya a pasar: el riesgo soberano de Brasil no va a caer en default. Sin embargo, eso no quiere decir que algunas compañías privadas no puedan, quizás, honrar sus préstamos, pero eso no será significante”, concluye.

Una gran diferencia con Ecuador, donde la deuda con China está efectivamente atada al pago en base a petróleo, que es básicamente el ítem número uno del cual depende todo el funcionar del Estado ecuatoriano y su economía, junto a un par de otros commodities que se van expandiendo también, como el agrícola y la minería.

“Después de Venezuela, Ecuador es uno de los países que más apoyo financiero [ha recibido de China], a partir de los gobiernos de Correa […], hipotecando los recursos petroleros del país en favor de una ecuación que tenía que ver con mayor independencia de las instituciones basadas en Washington”, detalla Fabricio Rodríguez, doctor en Relaciones Internacionales por la Universidad de Freiburg.

En Ecuador, la deuda con China representa aproximadamente el 30% del total de la deuda externa. El país asiático compra alrededor del 56% del petróleo ecuatoriano, y es el principal financista en el sector estatal de hidrocarburos, lo que le otorga un amplio rango de control sobre este recurso y amplia capacidad para renegociar los términos de la deuda de Ecuador hacia China, según Rodríguez. “Para China, esto podría incluir el pago de la deuda con mayores cantidades de petróleo a precios tendencialmente más bajos en el escenario post COVID-19, situación evidentemente desventajosa para Ecuador”, dice el catedrático. 

Peor aún, dice Rodríguez, “la tasa de interés es mucho más alta de lo que estaría previsto en la banca o los mercados abiertos, privados. Estamos hablando de 7% de interés, y esa tasa se negocia de forma bilateral y varía de acuerdo con diferentes países […] Ecuador tiene un negocio muy mal planteado, por ahora a 15 años plazo, pero es muy difícil que logre pagar una deuda con China”, lamenta.

Quien tiene la peor parte en este negocio es Venezuela. La debacle económica y política del país petrolero oscurece lo que hace años, con Chávez a la cabeza, parecía un promisorio futuro. En cambio, hoy con Maduro y las sanciones de Estados Unidos, se ha creado un problema de obsolescencia de la empresa estatal petrolera PDVSA y un pasivo con China de casi US$ 20.000 millones que la venta directa del petróleo no compensa.

Desde esa perspectiva, “los últimos viajes de Maduro en busca de mayores recursos han terminado en un fiasco y por eso ya no los hace, porque los chinos quieren que les paguen, o que empiecen al menos a pagar”, explica Iván Witker, profesor e investigador de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE), de Chile, quien ve difícil que pueda intensificarse la relación Beijing-Caracas si la economía venezolana está sin posibilidades de salir del atolladero.

“Yo creo que no va a haber más involucramiento chino en Venezuela. Pienso que los chinos tienen absolutamente claro que la crisis económica venezolana no tiene retorno, salvo un cambio de régimen. China no va a representar un salvavidas [para los venezolanos]. En este minuto es más importante para las ventas venezolanas lo que compren Rusia y la India”, explica el también profesor de la Universidad Central a AMÉRICAECONOMÍA.

La ideología acá tiene poco que jugar, apuesta el académico. “El próximo gobierno [venezolano] se va a entender igual con China. El interés de Beijing es no seguir involucrándose más, pero tampoco desaparecerán de Venezuela. Tratarán de comprar algo ahora y [harán la promesa] de mañana comprar mucho más, y así se harán siempre atractivos, sobre todo para un próximo gobierno”, concluye.

¿Más o menos presencia?

Así las cosas, vale la pena preguntarse hasta qué punto y cómo puede China forzar a los países latinos a que le paguen lo que le deben.

“No pueden”, dice tajante Margaret Myers. “No con la situación como está ahora. Ellos tienen problemas también. Hay una ‘trampa de la deuda’, pero también existe la ‘trampa del deudor’. Y creo que, en muchos casos, China está enfrentando una”, matiza la analista.

El total de los analistas coincide. “Por supuesto, solo China puede decir en esta etapa cómo reaccionará, pero si sus acciones con respecto a Venezuela son una guía, uno podría anticipar un cierto nivel de tolerancia de la deuda, incluyendo reinversiones, renegociaciones e incluso moratorias de pago o suspensión temporal de pagos. Es poco probable que las deudas sean condonadas, pero tampoco China tratará de poner dinero nuevo en la región hasta que tenga la sensación de que el dinero que ya ha prestado será devuelto en su totalidad”, aventura Eric Farsnworth.

“Debido al coronavirus, la presión de la deuda está aumentando en América Latina y en otras regiones del mundo. Sin embargo, no creo que la acumulación de deuda, sin duda, conduzca a la crisis de la deuda. Creo que, debido al actual mercado financiero internacional, los países latinoamericanos todavía tienen tiempo y espacio para reducir la presión de la deuda”, explica Yue Yunxia, de la Academia China de Ciencias Sociales.

Más optimista, Oscar Molina cree que se podría apelar a lo que fue el programa Iniciativa Heavily Indebted Poor Countries (HIPC), que se realizó a fines del siglo pasado por parte del G8. “China aún está tratando de entender qué está pasando a nivel doméstico y si van a ser capaces de manejarlo.

Ciertamente ellos no anticiparon el COVID-19, junto con otras fuentes de inestabilidad a la región […] pero si China decide hacer eso, es altamente probable que lo hará con ayuda bilateral. No va a unirse a ningún esfuerzo internacional por aliviar la deuda de países en desarrollo”, aclara Myers.

“Hemos aprendido muchas lecciones de la crisis de la deuda de los 80. Personalmente, creo que el esfuerzo conjunto del deudor y el acreedor es la única salida. Por lo tanto, creo que China intentará resolver el riesgo potencial mediante una mayor cooperación económica con América Latina”, precisa a AMÉRICAECONOMÍA Yue.

Pero si la deuda se torna impagable, posiblemente nuestro continente pague un precio demasiado alto: “a corto plazo [China] continuará el respaldo de la deuda en recursos naturales, recursos energéticos y alimentos […] pero en casos más extremos a nivel regional, de no ser suficiente a mediano o largo plazo, puede ser una paulatina cesión de parte de soberanía. Quedará de manifiesto que son los imperativos económicos los que conforman la base sustantiva de las relaciones asimétricas entre América Latina y China. Y esa asimetría jugará a favor de China.
Fuente:https://www.cesla.com/detalle-noticias-de-latinoamerica.php?Id=15580

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